9 sep. 2009

El libro



La “Ciudad Anarquista Americana (obra de construcción revolucionaria)” de Pierre Quiroule (seudónimo del ácrata francés Joaquín Alejo Falconnet) fue publicada en Buenos Aires en el año 1914 por Ediciones La Protesta.

Esta obra podría ser incluida en la categoría de los relatos utópicos que en diferentes épocas aparecieron como respuesta a las críticas sobre el Anarquismo que afirmaban que “sólo quería destruir todo sin proponer algo a cambio”. Nos parece importante rescatar aquí algunos de los elementos llamativos que contiene, producto de las influencias e imaginario de su autor, y además describir brevemente el contexto en el que fue escrita.

La lectura de esta novela revela un estilo muy particular (según el investigador Félix Weinberg, un cierto “romanticismo tardío”). Se debe transitar una articulación del relato impostada, excesivamente retórica y florida, muy distinta del hablar de nuestros días. Esta manera tan particular de plantear las “escenas” y narrar en base a diálogos seguramente se debe a que la estructura narrativa de Quiroule proviene de la dramaturgia, además por supuesto de los incontables panfletos y crónicas de difusión ideológica que escribió.

La línea argumental de La Ciudad Anarquista Americana se basa en las “tribulaciones” del protagonista principal -llamado alternativamente “Súper”, “El Físico” o “El Antiguo” - para poner a punto un arma que inventó, el “Vibraliber”, la cual permitiría rápidamente liberar Europa aún oprimida por el Capitalismo y las Monarquías. Durante la estadía de este personaje en la ciudad (a nuestro entender la verdadera protagonista del libro) el autor aprovecha para describir profusamente la urbanística (edificios, avenidas, áreas comunes), las costumbres de los individuos, la organización económica y las “reglas-no reglas” establecidas para la interacción social. Hacia el final, a modo de crónica ficcional, el autor nos relata los “sucesos” acaecidos durante la imaginaria revuelta que como máquina de relojería y casi sin disparar un tiro instauró el Anarquismo en Argentina aprovechando la embriaguez general, producto de las bacanales del Centenario de la Revolución de Mayo.

El elemento más pintoresco del libro original de 283 páginas es un colorido plano general de “La Ciudad de los Hijos del Sol” que venía dispuesto como un “desplegable”. Cabe mencionar que en la reproducción parcial que forma parte del interesante ensayo de los setenta “Dos Utopías Argentinas” de Félix Weinberg (ver Bibliografía) se puede encontrar también una versión del mismo plano respetando los colores originales pero a escala reducida. El trabajo de Weinberg reproduce parcialmente el texto omitiendo intencionalmente todas las páginas donde se narran las mencionadas peripecias de “El Antiguo”.





Quiroule enuncia en su texto una gran cantidad de propuestas novedosas para la resolución de los problemas sociales y económicos de su época (manifestadas en forma evidente o soslayada), muchas de las cuales han sido duramente criticadas por ciertos analistas en tanto fantasiosas, inaplicables o extravagantes. En forma pormenorizada se describen el comportamiento social e individual, la educación, la alimentación, la higiene, qué hacer con los “restos” de la economía y sociedad anteriores, el nuevo sistema productivo, etc.

El acceso al conocimiento que en general tenían los anarquistas era desestructurado, similar al de los niños antes de haber sido moldeados (estandarizados y achatados) por el sistema académico (enciclopedista, taxonómico, jerárquico, etc.) y Quiroule en parte no representó una excepción a la regla. Esto explica que en una lectura superficial, algunas de sus aseveraciones puedan sonar revolucionarias, pero analizadas con cierta rigurosidad técnica contradigan principios científicos básicos o conceptos prácticos elementales.

De cualquier manera opinamos que el verdadero valor de esta obra de Quiroule, que no intenta ser un “manual técnico de implementación anarquista”, trasciende ampliamente este punto de vista. Inclusive los desarrollos tecnológicos necesarios para implementar algunas de sus ideas no estaban disponibles en la época en que fue escrita la novela, lo que configura ciertas “visiones anticipatorias” al mejor estilo de Julio Verne que han tenido luego desarrollo real. Quizás todo esto sirva también como disparador para que un lector activo e inquieto pudiera imaginar sus propias alternativas.

Valorar a través de un análisis tecnológico duro los planteos pseudocientíficos de Quiroule estaría tan fuera de contexto como hacer lo mismo con la novela “De la Tierra a la Luna” del mencionado Julio Verne, en la cual el autor imagina una bala de cañón como hipotético vehículo para viajar al espacio. Cualquier lego podría preguntarse qué pasaría con los seres vivos en el interior de dicho habitáculo luego de tamaña aceleración inicial, cuando se ha comprobado en el pasado que los cohetes son mucho más aptos para tal fin por la posibilidad de administrar el empuje y obtener una aceleración progresiva. También se pasa por alto desopinadamente la imposibilidad de escapar de la atracción terrestre si no se alcanza y mantiene la velocidad mínima de escape, no haber pensado en un eventual retorno de la tripulación, la ya conocida falta de atmósfera en la Luna, etc. Nadie se atreve hoy a negar el valor literario de la obra de Julio Verne (legitimada mundialmente), como nadie puede negar tampoco que Quiroule articuló un pensamiento ecológico novedoso para la época, el cual aún en la actualidad sería muy digno y rescatable, demostró con claridad suficiente la necesidad de instaurar el desarrollo sustentable en las bases mismas de la “producción” de elementos, clamó por la armonía del Ser Humano con la Naturaleza, denunció la banalidad de los elementos de consumo, etc. Resulta aun más rica la re contextualización en el presente de dichas propuestas críticas, como disparadoras de nuevas reflexiones acerca de la verdadera evolución de la Humanidad y sobre todo sobre el empecinamiento en seguir alimentando un modelo liberal capitalista que hoy día está sumido en una de sus más profundas crisis.

Las fuentes inspiradoras de la Ciudad Anarquista Americana de Pierre Quiroule, teniendo en cuenta la época en la cual fue escrita, tanto en su estructura como en su contenido ideológico, son fácilmente deducibles: “La société au lendemain de la révolution” de Jean Grave, “News from Nowhere” de William Morris, un poco más lejos la “Utopía” de Thomas More, pero por sobre todo el pensamiento de Kropotkin (mencionado por Quiroule en el prólogo), y los socialistas utópicos Fourier, Saint-Simon, Owen y Proudhon.

¿Dónde sitúa exactamente Quiroule su “Ciudad Anarquista Americana”? El autor menciona algunas referencias utilizando nombres metafóricos tales como la provincia de la “Santa Felicidad” (seguramente Santa Fe) al norte de “Las Delicias” (Buenos Aires) situada a orillas del “río Diamante” (el Río de la Plata). Ubicar la utopía en la llanura pampeana contrasta con algunas experiencias anarquistas como la del italiano Enrico Malatesta, quien además de trabajar activamente en Buenos Aires, buscó el oro de la Patagonia. Según comenta Christian Ferrer en su libro Cabezas de Tormenta (ver bibliografía) “…A mediados del siglo XIX la Patagonia era sinónimo de territorio desconocido…””…Era el mundo exclusivo de los Tehuelches y Mapuches. Y aún circulaban leyendas improbables sobre la existencia de El Dorado, la ciudad forrada en oro que buscaron afanosamente los conquistadores españoles…” Thomas More también ubica la utopía en un “Nuevo Mundo”, pero en un ambiente “insular” (característica que podría dar lugar a una larga disquisición). Domingo Faustino Sarmiento en “Argirópolis” propone la isla Martín García como lugar para erigir la capital de un nuevo estado latinoamericano formado por Uruguay, Argentina y Paraguay. Luego de analizar la complicada situación imperante en las Provincias Unidas del Río de La Plata, el futuro presidente propone la generación de una nueva ciudad capital al estilo de las ciudades europeas:…“La América española se distingue por la superficie desmesurada que ocupan sus ciudades apenas pobladas; y el hábito de ver diseminarse sus edificios en la llanura nos predispone a hallar estrecho el espacio en que en Europa están reunidos doscientos mil habitantes. De este despilfarro de terreno viene que ninguna ciudad española en América pueda ser iluminada por el gas ni servida de agua, porque el costo excesivo de los caños que deben distribuir una u otra no encuentran cincuenta habitantes en una cuadra”... Celia Guevara dijo también que “a diferencia de Quiroule, Sarmiento no dibujó su plano de Argirópolis pero sí dibujará más tarde la Buenos Aires onírica, en carta a su amiga Aurelia”...

También es importante considerar la coordenada temporal en el relato de Quiroule. Si bien el libro fue publicado en 1914, los primeros acontecimientos tienen lugar en un pasado relativo (puntualizando el año 1910 y sus festejos del Centenario como el comienzo de la Revolución), y tiene su desarrollo básico (el “presente” del relato) en una época que podría situarse aproximadamente en la década de 1930 (un futuro paradójicamente cercano a la fecha real de la muerte del autor). Esto lo diferencia de la mayoría de los textos utópicos los cuales suelen plantear su eje de tiempo desde el presente (situación no deseada) a un relato onírico desarrollado completamente en el futuro a partir de experiencias iniciáticas (P.ej.: “News from Nowhere” de William Morris y “Buenos Aires en 1950” de Otto Dittrich). En el primer caso un absorto viajero temporal (que podría ser un “alter ego” del autor), visita la ciudad de Londres en un futuro lejano respecto del momento en que el libro fue escrito, la cual se ha transformado desde un “presente-pasado” enfermo y contaminado (a mediados del SXIX) a un “futuro-presente” sano y bucólico (a principios del SXXI). En el caso de Dittrich, un anarquista pierde la conciencia luego de un atentado (a principios de SXX) y es mantenido durante casi cuatro décadas en estado vegetativo en un hospital, siendo despertado luego por su hijo, quien ya adulto lo guía en un recorrido por una Buenos Aires de 1950 en donde la Revolución había triunfado y se habían efectuado profundas transformaciones.

La organización social de la “Ciudad de los Hijos del Sol” sería acorde con las ideas anarquistas: no existirían las jerarquías ni los funcionarios dedicados al control (“nadie tendría poder por sobre nadie”) siquiera en la intimidad de la pareja humana o en la relación con los hijos, los cuales a la sazón serían separados de los padres para ser cuidados por voluntarias en las “Pouponnières” y luego educados en las escuelas comunitarias. Quiroule dedica una parte importante de su libro al sistema educativo, quizás en lo formal lo más cercano a lo que implementó el comunismo ruso, a diferencia de la organización de la producción y auto coordinación del trabajo, que dista muchísimo de la experiencia concreta de la Revolución de Octubre (y se acerca mucho más a los preceptos de Kropotkin). Se asignaría una importancia capital a la igualdad de géneros y al desarrollo de la educación física; pero no tanto a lo relacionado con la medicina comunitaria, ya que según el autor los individuos habían reducido drásticamente su padecimiento por enfermedades al volver a experimentar una relación armónica con la Naturaleza. Cada individuo además sería capaz de administrarse los cuidados médicos mínimos, y en última instancia decidir cuándo su aporte a la sociedad había llegado a su fin sin necesidad de prolongar artificialmente los padecimientos seniles.

Las consideraciones sobre arquitectura y el urbanismo merecerían un capítulo aparte. Las amplias avenidas parecían diseñadas según la planificación francesa del SXIX, combinando el trazado ortogonal con las rápidas diagonales pavimentadas, cumpliendo la doble función conducir los vientos y permitir el desplazamiento de automóviles y aviones (autogiros eléctricos de despegue cuasi vertical). Los padecimientos permanentes de los transeúntes e itinerantes del capitalismo expuestos a la contaminación durante prolongados trayectos desde la casa al trabajo serían suprimidos por la vuelta a la organización medieval de la producción. Las personas vivirían en idílicas casas de vidrio fundido de vistosos colores insertadas en un frondoso bosque que bordearía la ciudad, yendo solamente “al centro” para realizar actividades comunitarias de esparcimiento e interacción o “al campo” para participar en las actividades productivas. Las fábricas con operarios mono funcionales (como burda extensión de las máquinas) no existirían más y la carga laboral se repartiría entre todas las personas (capacitadas para cualquier menester). El requerimiento de tecnología se reduciría sensiblemente debido a la eliminación de los elementos superfluos de consumo, volcándose mayoritariamente la actividad hacia la agricultura. La desaceleración del ritmo de la economía implicaría también una tremenda reducción de la jornada laboral a un máximo de 4 ó 6 horas (cabe remarcar que en la época en que se escribió este libro en casi todo el mundo se trabajaba de 10 a 12 horas diarias). De más está decir que el dinero dejaría de circular, destruyendo el concepto de mercancía y valor.

Las expresiones artísticas tuvieron para Quiroule una marcada importancia a través de una revalorización de los cánones clásicos pero contaminados éstos con elementos del folklore criollo (algunas propuestas de “sincretismo” de dichos elementos suenan quizás un poco ridículas por lo forzadas).

Como la producción de energía innecesaria implicaría el sometimiento de los trabajadores involucrados a vivir en condiciones de trabajo imperantes durante el capitalismo, el ahorro y aprovechamiento de los recursos estaría bastante cuidado, desalentando el despilfarro y el uso ocioso. Eso terminaría dejando obsoletos los ferrocarriles, tranvías y automóviles tal como los conocemos hoy, concentrándose para la movilidad en los medios personales impulsados por energías no contaminantes. Las ciudades también tendrían un límite planificado para su crecimiento, exportando el exceso a otras zonas aledañas, obligatoriamente ubicadas a una distancia mínima indicada.
Ricardo Pons, 2008